Archivo de Enero 2008

                                                             Él agonizaba

amparado por los días ignorados de la vida,

disimulando el presagio sombrío de las tristezas,

meciéndose en la realidad de lo inmediato.

Yo lo miraba,

acallando el clamor del desorden,

enmudeciendo el arrebato de las lágrimas.

Me turbaba la ira

que sin pudor, calaba mis huesos

hasta la extenuación.

El mar, con la marea en desbandada

me insultaba dejándome a merced de la bruma,

impregnándome de hastío.

Aquel lugar atesoraba más tiempo que historia

asediado por espectros de esculturas ociosas,

saciadas de bacanales de belleza.

 

                                                             Él enmudeció

entre un sopor lejano de destinos sin luz.

Y tras él, todo aconteció con una prisa absurda

y quedó solo,

solo, junto a sus sabias elucidaciones.

Sentí orfandad.

El desdén embalsamado de la rutina

me entregó a delirios indescifrables.

Me confiné

en los frondosos bosques de la seducción,

embriagada por las evocaciones de su amor.

Mi alma palpitaba aletargada,

la ausencia se arrebujaba enojosa

entre las despedidas de los astros.

La legitimidad de cada sueño

por cobrar corporeidad,

era insaciable y codiciosa.

 

                                                              Él, el héroe, murió

era la muerte una obligación que le acechaba.

La había conjeturado lejana;

se presentó afectuosa y expedita.

Huí del espanto,

me abrigué entre los absurdos de los gozos más abruptos.

Las coincidencias: prodigios de osadías ajenas,

se proclamaban

en una cursiva de tintas emborronadas,

sobre pliegos de papel con olor a fatiga.

Las voces, espectrales, se confabularon.

Escucharlo en la memoria

era remontar la corriente en su peregrinar de albures,

arrebatando a la muerte sus hipócritas voluntades.

Ahora, se interrumpen los anhelos,

sin él las congojas se perfuman con soberbia,

y latiguea el estrépito de la barbarie,

en el puerto amarrada

junto a un velero inconsolable…

 

Presagios para una despedida

 

fotografía: niguez.com

 

 

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Capítulo II: El pequeño filósofo

EN ANJOU, LOS INTERNOS FUERON LLAMADOS A CAPÍTULO POR EL RECTOR, quien con talante adusto les participó la siniestra noticia. En la Flèche, les declaró, estaba advertido de que moraría ab aeterno el corazón del Rey, una vez embalsamado y tras la celebración de las honras fúnebres en  París. Enrique IV había consignado una singular atención a la fundación de aquel colegio que llevaría su nombre, había vuelto a depositar la confianza en los jesuitas, tras el atentado frustrado contra su vida que Jean Chantel dijo haber efectuado inducido por ellos, por los profesores donde estudiaba leyes, en el Colegio de Clermont.

El desenlace del  ultraje alcanzó resultas ominosas: 37 jesuitas fueron apresados y el incidente  amparó el alegato para el destierro de la Compañía de Jesús en 1594.  No sería  hasta 1604 cuando se funda la Flèche y se restablece la orden en Francia. El Rey, por una evocación noble, resolvió donar su corazón a este lugar a fin de que fuera una enseña de magnanimidad, apropiándose de los principios de la teología del resurgimiento de Du Val, en donde el corazón se había convertido en la sede del conocimiento y del amor.

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Forjando amaneceres
fotografía: niguez.com

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