Archivo de 5 Diciembre 2007


Aquellos días la sala de investigadores estaba tan concurrida que apenas podíamos permitirnos una mirada de complicidad con el exterior. Cuando por fin algún documento se revelaba significativo para nuestro trabajo nos tragábamos el optimismo para no importunarnos. El desánimo también hacía acto de presencia, cuando las horas transcurrían densas y oscuras entre legajos aciagos que se presentaban mudos.   

Javier y yo habíamos coincidido en otras épocas y en otros archivos. Siempre ocupados con la pasión del hallazgo o con la decepción de lo inexistente; jamás habíamos reparado en nosotros. Éramos como esos sabios despistados que se quedan colgados de una pasión absurda e inconcebible para el resto de los mortales. Hablábamos en nuestra jerga mientras tomábamos un café o el bocadillo del descanso antes de internarnos en los laberintos de la tarde. 

 

Cuando el viernes llegamos a la sala todos los pupitres estaban ocupados. El archivero, nos miró con un gesto aprendido a base de hacer de la incompetencia una norma.  

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Letras y besos

 

fotografía: niguez.com

 

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