Archivo de 29 Noviembre 2007

Atisbé tus desamparos en la lejanía de un instante

la lluvia anegó mis ojos,

la ternura se disimuló en un gesto.

Un pudor, exhausto, se reveló lúcido recitando:

“te envolvería en mi alma

si con ello pudiera evitar tus pesares

despojarte de tu vida,

como un ladrón, yo no quisiera”.

 

Afiliado a perplejidades y coincidencias

te deslizarás tras el aire suave de la tarde,

declinando en mis territorios

los huecos de afonía que concede la duda.

Te abandonarás hacia la inmensidad de tu destino,

que no confluye con mis lunas.

Convengo en descifrar la inspiración de mis lágrimas…

Y sonrío.

 

Asentada tu muralla, y

libre ya de las enfermedades de los días,

incorpóreas, sutiles, impensadas, y

expectantes: se impondrán otras horas.

Tus alardes anhelosos de novicio

buscarán las furtivas esferas de los mares,

las ofrendas bulliciosas de la risa

y la algarabía de las miradas.

 

Seré una sombra hecha de palabras

amordazada o imprudente;

en el estrépito de tus cruzadas: yo estaré.

Me inventarás

en una ausencia de ecos y rumores

que aturdirán tus oídos.

Allí donde la imagen infaliblemente permanece

hallarás lo que creías perdido: yo estaré.

 

Yo estaré,

con los ojos inundados de alegría,

seré una vibrante primavera,

sin encadenar tus sueños con grilletes,

prestando tregua a tus quebrantos

sin acudir a las exequias de tus utopías.

 

Para que una elección de topacios

se alce entre tu vida y la mía.

 

El canto de un padre

fotografía: niguez.com

 

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