Archivo de Octubre 2007

Capítulo I: París bien vale una misa 

PARÍS SE PREPARABA PARA LA CORONACIÓN DE MARÍA DE MÉDICIS, QUE TENDRÍA LUGAR  EN LA BASÍLICA DE SAINT-DENIS el día 13 de mayo del año del Señor de 1610, durante la tregua de la guerra que se reanudaría en 1618 continuando hasta 1648, conocida como la de los Treinta Años. El día se despabiló con una luz lenta y asoleada, comprometiendo a la primavera parisina con un viento sedoso y, sin embargo, frío.  Las fogatas a punto para arder durante la noche aún dejaban presentir  entre sus brasas la ebria vigilia que la ciudad vivía allí junto a los mansos,  los desventurados, los jugadores, los camorristas y los amigos de lo ajeno, que  utilizando el encubrimiento que alberga la lobreguez se afanaban en sus menesteres poco declarables. Espontáneamente les sorprendió el crepúsculo matutino arrebujados entre jergones  hediondos y, a cielo abierto, la canalla trataba de componérselas con el apaño de sus harapientos ropones que les procuraban el ocultamiento del saqueo.  

Entre el hedor de los semejantes y el fluido de las deyecciones, los maleantes parecían aviarse con maestría, y, por intuición secular, todos los  tarambanas rehusaban el agua y  se  apegaban al vino sin perder de vista el estilete o el puñal. La vida no tenía valor para la rufianería,  ya que no se podía trapichear  con ella. Los objetos y el peculio,  por el contrario, eran muy valorados por la chusma, que sabía que tras adueñárselos les podían proporcionar un itinerario de sabrosos bocados que zamparían con glotonería desmedida.

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Paris bien vale una misa

…”en todos los círculos se hablaba de las infidelidades de Enrique de Navarra hacia la fe católica; de hecho, se afirmaba sin titubeos que ya lo había anunciado en Saint-Denis el 25 de julio de 1593, durante el acto de abjuración canónica de las herejías protestantes, que debió acometer, por segunda vez, para acceder al trono de Francia. La memoria social, ayudada por el gregarismo que procura la murmuración, descifraba el engaño en el instante en que el futuro rey manifestó públicamente: ¡”París bien vale una misa”!, era incuestionable, ante sus alegatos, que de este modo Enrique IV había anunciado en su declaración que los asuntos gubernativos relegarían al acervo religioso del reino.

En los últimos años los impuestos provocaron aceradas revueltas, el pueblo francés se negó a pagar lo que había dispuesto Sully, mano derecha del monarca. Para más ironía, aún a sabiendas de sus circunstancias, se afirmaba adrede y con intención maledicente que el Rey y la Reina gastaban grandes sumas en sus amantes y en el juego, y que  las monedas de oro y plata, por su causa, se habían ausentado de Francia. El Rey ya había obtenido el acuerdo de anular su primer matrimonio, con Margarita de Valois, en el Tribunal de Roma, componiendo una circunstancial boda favorable con la católica banquera florentina María de Médicis, que se suponía fecunda. Lo era…”

Capítulo I completo: pincha aquí 

¡Paris bien vale una misa!

fotografía: niguez.com

Continuará…

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Yo me celebro y yo me canto,

Walt Whitman

 

Pinta el loco colores de luna,

pinceladas de aire y trazos de niño.

Y me envuelve en su galaxia,

donde todo es infinito, serpenteante y mudo.

 

El loco, no atiende al espejismo de los ojos,

hace posible lo irreal.

Y me traslada con su mirada de azules y amarillos,

a otra nebulosa, a otra noche, a otra tierra.

 

El loco, cubre la piel, una y otra vez,

para que me roce las mejillas al mirarla.

Y de juguete parece el pueblo azul,

pintado bajo la noche rota y encrespada.

 

Llora el loco en las cárceles de la voluntad,

lágrimas aciagas. Impresiones talladas.

Y el lienzo se mezcla en desvarío

con la virtud del delirio

               para crear los agujeros negros

                                       de su Noche Estrellada.

 

Entre tanto, pinta el loco la verdad

                                distraída por el alma.

 

Amarillo buscando un cielo

 

fotografía: niguez.com

 

Van Gogh

La obra: Noche Estrellada

 

 

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Si de esta pasión no aprendemos: merecemos la derrota.

La rendición será la enseña de los poemas no escritos,

a pesar de las fantasías y de las lluvias sobre el mar.

Con grilletes, atadas nuestras manos,

evitando las uniones.

 

Si este frenesí lo forjamos decoroso: merecemos la derrota.

Bogando al son de la convivencia de aquellos que son libres,

de sus falsedades seremos cautivos.

A pesar de la misericordia de los dioses,

se oxidarán las argollas que nos encadenan.

 

Si este amor lo urdimos virtuoso: merecemos la derrota.

Esclavos de otras conciencias, de otras vidas prisioneros;

a pesar de los empeños el vasallaje aconsejará al ánimo,

las cadenas se alzarán en estandarte,

y no forjaremos los espejismos de los besos.

 

Si de este fervor no tejemos plenilunios: merecemos la derrota.

No acertaremos a sentir el viento en el velamen,

rehenes de nuestras incertidumbres

extraviaremos el delirio irremediable.

Y jamás conoceremos el sabor de la victoria.

 

Jarcias enamoradas

 

fotografía: niguez.com

 

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En tu ausencia

me baño en aguas de silencio

y en ese fervor suave

de la espera;

me sumerjo

en los coros de la pleamar

e invoco plegarias

por volverte a ver.

 

Estremecimientos errantes

conjuran delirios con lo crédulo,

arrecifes celestiales

enamoran el roce

de los besos que no fueron,

de los besos que no son,

y el viento solfea proclamas

por volverte a ver.

 

Me rodean tus huellas

arrancando recuerdos mudos;

dudo entre amarte

y esa inapelable voluntad por impedirlo;

se revisten las ausencias

de esperas infinitas

y de sosiegos tenues

por volverte a ver.

 

Son las esperas de la vida:

misteriosas,

como la adivinación,

gozadoras,

como los paisajes,

hirientes,

como el dolor vagabundo

de ese volverte a ver.

 

Un sabor a rocas nos envuelve

que sólo los instantes comprenden;

tatuajes clandestinos se desgarran

vehementes y ajenos,

tirita mi corazón

con el fervor suave de la espera,

y de ese abandono solícito

por volverte a ver.

 

Encuentros

fotografía: niguez.com

 

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Los adioses sin ciudad

          son como las melancolías:

                    que aman lo que no poseen.

 

Una ciudad sin adioses

           no tiene enamorados

                    ni tristezas, apenas tiene cielo.

 

Una ciudad sin cielo

          no tiene luces

                    ni apagones, apenas tiene azules.

 

Una ciudad sin azules

          no tiene corazón

                    ni historia, apenas es una ciudad.

 

Las ciudades sin adioses

          no tienen despedidas

                    ni reencuentros, apenas tienen lluvia.

 

Una ciudad sin lluvia

          no tiene arco iris

                    ni charcos, apenas tiene vida.

 

Una ciudad sin vida

          es un muro de silencios

                    donde nadie se mira.

 

Mirada de dos

fotografía: niguez.com

 

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Pido la paz y la palabra

Blas de Otero 

 

Invade las puertas de la vida,

          rompre la inocencia de la noche.

                    Hace de la ignorancia un credo

                              y a quemarropa mata a enemigos invisibles.

 

En el taller de Goya ya no hay tapices,

          ni cuadros de corte, ni amantes.

                    Todo es negro y fuerte,

                              sucio y sordo como la barbarie.

 

Hay dolor en España.

          un dolor incapaz y rabioso.

                    Un dolor de cuchillo y bayoneta

                              de profanaciones y de sangre.

 

Declara el pintor sus horrores

          ante las bastardas luchas de los hombres.

                   No encuentra la quietud porque ya sabe

                              que no por haber vencido se ha ganado.

 

La tragedia afrenta a la conciencia

          en escaramuzas analfabetas.

                    Los campos yermos hacen

                              del hambre su aliada sediciosa.

 

Desnudos de juicio,

          los instintos se apoderan de la venganza.

                    La realidad produce monstruos

                              que no son sueños de razón.

 

El pintor los graba en aguafuertes

          con la esperanza de construir otra España.

                    Para que no puedan olvidar

                              los hombres todos.

 

El Rey deseado, el Séptimo de los Borbones,

          castiga y olvida con vehemencia.

                    La soberbia lo inviste

                              de un corazón de piedra.

 

Habrá más guerras.

          Y con sus delirios, solo y desahuciado

                    va el pintor a morir en otra tierra

                              a conquistar la cima de otra aurora.

 

 

Miedo

 

fotografía: niguez.com

Francisco de Goya

Los desastres de la guerra

 

 

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Soltamos amarras,

nos entregamos

a infalibles deleites: a los asombros.

Fondeamos bajo luces reclinadas

en las bahías de los agrados.

Rumbo al otro lado del mar

navegando por lapislázuli,

buscando besos

sin repatriación,

besos de luna.

 

Melodías antiguas

coreaban invisibles caracolas,

desnudando noches en las huellas de las olas.

Obstinados abrazos,

ahogaron los pensamientos de los ojos

entre mirada y mirada.

Derramadas en arco iris las tormentas,

silenciaron la severidad de las voces y,

nuestras manos juiciosas

se abrieron a las lluvias de los gozos.

 

En los arrecifes carmesíes

encallaron los navios cargados

de austeros deseos.

Zozobraron los miedos,

las lógicas y las excusas.

Y, fue entonces cuando

los atributos del amor

enlazaron nuestros cuerpos

en inacabables caricias

de viento y de sal.

 

Rumbo al horizonte

fotografía: niguez.com

 

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Su voz era áspera y sedosa,

con tonalidades de apremio

que sonrojaban el alma.

Era una voz insistente,

como de incienso,

reposada en el abismo de los arcanos.

 

Su voz era el fuego

donde ardían los desalientos.

Era el precepto de lo justo

el edicto de lo bello.

El tañir de las campanas

del ánimo.

La ideología del verbo,

la placidez del discurso.

 

Su voz era el viento

de mis batallas.

La elegía del amor.

La aventura de lo irreal.

el reclamo de lo benévolo.

 

Era una voz clandestina y conversada;

de ella brotaban las sabias profecías de los naufragios,

los versos de los desiertos,

los salmos y las plegarias

de las catedrales y de las mezquitas,

los cantos y los silencios

de los presos y de sus carceleros.

Era la voz de las calles y de las esquinas,

de los bohemios y de los burgueses.

Su voz era el elogio de la vida y,

la vaguedad de la muerte.

 

Pentagramas para Dios

fotografía: niguez.com

 

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Me faltas tú, la noche y su ofrecimiento,

sin ti el alma toda me sobra.

Un lamento solitario se esconde,

sin ti el viento sopla taciturno.

 

Me faltas tú, el día y sus esperanzas,

sin ti la vida toda me sobra.

Un llanto de dentelladas abatidas agoniza,

sin ti el mar furioso enloquece.

 

Me faltas tu, el sol y su áureo sosiego,

sin ti la risa toda me sobra.

Un suspiro de amargura desarraiga las lujurias,

sin ti los acantilados se desprenden.

 

Me faltas tú, las olas y su suplicante regreso,

sin ti la belleza toda me sobra.

Un sollozo de bálsamos impudentes acontece,

sin ti la bruma asedia el paisaje.

 

Me faltas tú, la lluvia y sus versos de estío,

sin ti la piel toda me sobra.

Un gemido de ruindades me amenaza,

sin ti las tempestades sitian mi vida.

 

Caminos sin huellas

fotografía: niguez.com

 

 

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